viernes, 27 de junio de 2008

CARPE DIEM

Un cuento de Abelardo Castillo


–A ella le gustaba el mar, andar descalza por la calle, tener hijos, hablaba con
los gatos atorrantes, quería conocer el nombre de las constelaciones; pero no sé
si es del todo así, no sé si de veras se la estoy describiendo –dijo el hombre
que tenía cara de cansancio. Estábamos sentados desde el atardecer junto a una
de las ventanas que dan al río, en el club de pescadores, ya era casi medianoche
y desde hacía una hora él hablaba sin parar. La historia, si se trataba de una
historia, parecía difícil de comprender: la había comenzado en distintos puntos
tres o cuatro veces, y siempre se interrumpía y volvía atrás y no pasaba del
momento en que ella, la muchacha, bajó una tarde de aquel tren. –Se parecía a la
noche de las plazas –dijo de pronto, lo dijo con naturalidad: daba la impresión
de no sentir pudor por sus palabras. Yo le pregunté si ella, la muchacha, era la
que se parecía a las plazas. –Por supuesto –dijo el hombre, y se pasó el
nacimiento de la palma de la mano por la sien, un gesto raro, como de fatiga o
desorientación–. Pero no a las plazas, a la noche de ciertas plazas. O a
ciertas noches húmedas, cuando hay esa neblina que no es neblina y los bancos de piedra y el pasto brillan. Hay un verso que habla de esto, del esplendor en la
hierba, en realidad no habla de esto ni de nada que tenga que ver con esto, pero
quién sabe. De todas maneras no es así, si empiezo así no se lo voy a contar
nunca. La verdad es que me tenía harto. Compraba plantitas y las dejaba sobre mi
escritorio, doblaba las páginas de los libros, silbaba. No distinguía a Mozart
de Bartok, pero ella silbaba, sobre todo a la mañana, carecía por completo de
oído musical pero se levantaba silbando, andaba entre los libros, las macetas y
los platos de mi departamento de soltero como una carmelita descalza y, sin
darse cuenta, silbaba una melodía extrañísima, imposible, una cosa inexistente
que era como una czarda inventada por ella. Tenía, ¿cómo puedo explicárselo
bien?, tenía una alegría monstruosa, algo que me hacía mal. Y, como yo también
le hacía mal, cualquiera hubiese adivinado que íbamos a terminar juntos, pegados
como lapas, y que aquello iba a ser una catástrofe. ¿Sabe cómo la conocí? Ni
usted ni nadie puede imaginarse cómo la conocí. Haciendo pis contra un árbol. Yo
era el que hacía pis, naturalmente. Medio borracho y contra un plátano de la
calle Virrey Melo. Era de madrugada y ella volvía de alguna parte, qué curioso,
nunca le pregunté de dónde. Una vez estuve a punto de hacerlo, la última vez,
pero me dio miedo. La madrugada del árbol ella llegó sin que yo la oyera
caminar, después me di cuenta de que venía descalza, con las sandalias en la
mano, pasó a mi lado y, sin mirarme, dijo que el pis es malísimo para las
plantitas. En el apuro me mojé todo y, cuando ella entró en su casa, yo, meado y
tembloroso, supe que esa mujer era mi maldición y el amor de mi vida. Todo lo
que nos va a pasar con una mujer se sabe siempre en el primer minuto. Y, sin
embargo, es increíble de qué modo se encadenan las cosas, de qué modo un hombre puede empezar por explicarle a una muchacha que un plátano difícilmente puede ser considerado una plantita, ella simular que no recuerda nada del asunto, decirnos señor con alegre ferocidad, como para marcar a fuego la distancia, decir que está apurada, que debe rendir materias, aceptar finalmente un café que dura horas mientras uno se toma cinco ginebras y le cuenta su vida y lo que espera de la vida, pasar de allí, por un laberinto de veredas nocturnas,
negativas, hojas doradas, consentimientos y largas escaleras, a meterla por fin
en una cama, o a ser arrastrado a esa cama por ella, que habrá llegado hasta ahí
por otro laberinto personal hecho de otras calles y otros recuerdos, oír que uno
es hermoso, y hasta creerlo, decir que ella es todas las mujeres, odiarla,
matarla en sueños y verla renacer intacta y descalza entrando en nuestro cuarto
con una abominable maceta de azaleas o comiendo una pastafrola del tamaño de una rueda de carro, para terminar un día diciéndole con odio casi verdadero, con
indiferencia casi verdadera, que uno está harto de tanta estupidez y de tanta
felicidad de opereta, tratándola de tan puta como cualquier otra. Y no una sola
vez, cinco o seis. Hasta que un día cerré con toda mi alma la puerta de su
departamento de la calle Melo, y oí, pero como si lo oyera por primera vez, un
ruido familiar: la reproducción de Carlos el Hechizado que se había venido
abajo. Se da cuenta, una mujer a la que le gustaba Carlos el Hechizado. Y me
quedé un momento del otro lado de la puerta, esperando. No pasó nada. Ella esa
vez no volvía a poner el cuadro en su sitio: ni siquiera pude imaginármela, más
tarde, ordenando las cosas, silbando su czarda inexistente, la que le borraba
del corazón cualquier tristeza. Y supe que yo ya no iba a volver nunca a esa
casa. Después, en mi propio departamento, cuando metí una muda de ropa y las
cosas de afeitar en un bolso de mano, también sabía, desde hacía horas, que ella
tampoco iba a llamarme ni a volver.
–Pero usted se equivocaba, ella volvió –me oí decir y los dos nos sorprendimos;
yo, de estar afirmando algo que en realidad no había quedado muy claro; él de
oír mi voz, como si le costara darse cuenta de que no estaba solo. El hombre con
cara de cansado parecía de veras muy cansado, como si acabara de llegar a este
pueblo desde un lugar lejanísimo. Sin embargo, era de acá; se había ido a Buenos
Aires en la adolescencia y cada tanto volvía. Yo lo había visto muchas veces,
siempre solo. Pero ahora me parece que una vez lo vi también con una mujer.
–Porque ustedes volvieron a estar juntos, por lo menos un día.
–Toda la tarde de un día. Y parte de la noche. Hasta el último tren de la noche.
El hombre con cara de cansancio hizo el gesto de apartarse un mechón de pelo de
la frente. Un gesto juvenil y anacrónico, ya que debía de hacer años que ese
mechón no existía. Tendría más o menos mi edad, quiero decir que ya era un
hombre mayor, pero era difícil saberlo con precisión. Como si fuera muy joven y
muy viejo al mismo tiempo. Como si un adolescente pudiera tener cincuenta años.
–Lo que no entiendo –dije yo– es dónde está la dificultad. No entiendo qué es lo
que hay que entender.
–Justamente. No hay nada que entender, ella misma me lo dijo la última tarde.
Hay que creer. Yo tenía que creer simplemente lo que estaba ocurriendo, tomarlo
con naturalidad: vivirlo. Como si se me hubiera concedido, o se nos hubiera
concedido a los dos, un favor especial. Ese día fue una dádiva, y fue real. Y lo
real no necesita explicación alguna. Ese sauce a la orilla del agua, por
ejemplo. Está ahí, de pronto; está ahí porque de pronto lo iluminó la luna. Yo
no sé si estuvo siempre, ahora está. Y fulgura, y es muy hermoso. Voy y lo toco
y siento la corteza húmeda en la mano; ésa es una prueba de su realidad. Pero no
hace ninguna falta tocarlo, porque hay otra prueba. Y le aclaro que esto ni
siquiera lo estoy diciendo yo, es como si lo estuviese diciendo ella. Es extraño
que ella dijera cosas así, que las dijera todo el tiempo durante años y yo no me
haya dado cuenta nunca. Ella habría dicho que la prueba de que existe es que es
hermoso, y todo lo demás son palabras, y cuando la luna camine un poco y lo
ilumine mal y lo afee, o no lo ilumine y desaparezca, bueno: habrá que recordar
el minuto de belleza que tuvo para siempre el sauce. Y la vida real puede ser
así, tiene que ser así, y el que no se da cuenta a tiempo de esto es un triste
hijo de puta –dijo casi con desinterés, y yo le contesté que no lo seguía del
todo, pero que pensaba solucionarlo pidiendo otro whisky. Le ofrecí y volvió a
negarse: era la tercera vez que se negaba. Le hice una seña al mozo. –Entonces
la llamé por teléfono. Una noche fui hasta la Unión Telefónica, pedí Buenos
Aires y la llamé a su departamento. Eran como las tres de la mañana y habían
pasado cuatro meses. Ella podía haberse mudado, podía no estar o incluso estar
con otro. No se me ocurrió. Era como si entre aquel portazo y esta llamada no
hubiera lugar para ninguna otra cosa. Y atendió, tenía la voz un poco extraña
pero era su voz, un poco lejana al principio, como si le costara despertarse del
todo, como si la insistencia del teléfono la hubiese traído desde muy lejos,
desde el fondo del sueño. Le dije todo de corrido, a la hora que salía el tren
de Retiro, a la hora que iba a estar esperándola en la estación, lo que pensaba
hacer con ella, qué sé yo qué, lo que nunca habíamos hecho y estuvimos a punto
de no hacer nunca, lo que hace la gente, caminar juntos por la orilla del agua,
ir a un baile con patio de tierra, oír las campanas de la iglesia, pasar por el
colegio donde yo había estudiado. A ver si se da cuenta: sabe cuántos años hacía
que nos conocíamos, cuántos años habían pasado desde que me sorprendió contra el plátano. Le basta con la palabra años, se lo veo en la cara. Y en todo este tiempo nunca se me había ocurrido mostrarle el Barrio de las Canaletas ni el
camino del puerto, el paso a nivel de juguete por donde cruzaba el ferrocarril
chiquito de Dipietri, la Cruz, el lugar donde lo mataron a Marcial Palma. ¿Cómo
no se me había ocurrido antes? Qué sé yo, no comprende que ése era justamente el problema. Y ella no sólo me atendió y se fue despertando y habló por teléfono
conmigo, sino que vino: ella bajó de ese tren... –Y no sólo había bajado de ese
tren sino que traía puesto un vestido casi olvidado, un código entre ellos, una
señal secreta, y era como si el tiempo no hubiese tocado a la mujer, no el
tiempo de esos tres o cuatro últimos meses, sino el Tiempo, como si la muchacha
descalza que había pasado hacía años junto al plátano bajara ahora de ese tren.
Vi venir por fin al mozo. –Sí, exactamente ésa fue la impresión –dijo el hombre,
que tenía cara de cansancio–. Pero usted, cómo lo sabe.
Le contesté que él mismo me lo había dicho, varias veces, y le pedí al mozo que
me trajera el whisky. Lo que todavía no me había dicho es qué tenía de extraño,
que tenía de extraño que ella viniera a este pueblo, con ése o con cualquier
otro vestido. Tres o cuatro meses no es tanto tiempo. ¿No la había llamado él
mismo? ¿No era su mujer?
–Claro que era mi mujer –dijo, y sacó de un bolsillo del pantalón un pequeño
objeto metálico, lo puso sobre la mesa y se quedó mirándolo. Era una moneda,
aunque me costó reconocerla; estaba totalmente deformada y torcida. –Claro que
yo mismo la había llamado. –Volvió a guardar la moneda mientras el mozo me
llenaba el vaso, y sin preocuparse del mozo ni de ninguna otra cosa, agregó:
–Pero ella estaba muerta.
–Bueno, eso cambia un poco las cosas –dije yo–. Déjeme la botella, por favor.
Ella no era un fantasma. El hombre con cara de cansancio no creía en fantasmas.
Ella era real, y la tarde de ese día y las horas de la noche que pasaron juntos
en este pueblo, fueron reales. Como si se les hubiera concedido vivir, en el
presente, un día que debieron vivir en el pasado. Cuando el hombre terminó de
hablar, me di cuenta de que no me había dicho, ni yo le había preguntado,
algunas cosas importantes. Quizá las ignoraba él mismo. Yo no sabía cómo había
muerto la muchacha ni cuándo. Lo que haya sucedido, pudo suceder de cualquier
manera y en cualquier momento de aquellos tres o cuatro meses, acaso
accidentalmente y, por qué no, en cualquier lugar del mundo. Tres o cuatro meses no es tanto tiempo, como había dicho yo, pero bastan para tramar demasiados desenlaces. El caso es que ella estuvo con él más de la mitad de un día, y muchas personas los vieron juntos, sentados a una mesa de chapa en un baile con patio de tierra, caminando por los astilleros, en la plaza de la iglesia,
hablando ella con unos chicos pescadores, corrido él por el perro de un vivero
en el que se metió para robar una rosa, rosa que ella se llevó esa noche y él se
preguntaba adónde, muchos la vieron y algún chico habló con ella, pero cómo
recordarla después, si nadie en este pueblo la había visto antes. Cómo saber que
era ella y no simplemente una mujer cualquiera, y hasta mucho menos, un vestido, que al fin de cuentas sólo para ellos dos era recordable, una manera de sonreír o de agitar el pelo. Entonces yo pensé en el hotel, en el registro del hotel:
allí debía de estar el nombre de los dos. Él me miró sin entender.
–Fuimos a un hotel, naturalmente. Y si eso es lo que quiere saber, me acosté con
ella. Era real. Desde el pelo a la punta del pie. Bastante más real que usted y
que yo.–De pronto se rió, una carcajada súbita y tan franca que me pareció
innoble. –Y en el cuarto de al lado, también había una pareja de este mundo.
–No le estoy hablando de eso –dije.
–Hace mal, porque tiene mucha importancia. Entre ella y yo, siempre la tuvo. Y
por eso sé que ella era real. Ni una ilusión ni un sueño ni un fantasma: era
ella, y sólo con ella yo podría haberme pasado una hora de mi vida, con la oreja
pegada a una taza, tratando de investigar qué pasaba en el cuarto de al lado.
–Ustedes dos tuvieron que anotarse en ese hotel, es lo que trato de decirle.
Ella debió dar su nombre, su número de documento.
–Nombres, números: lo comprendo. Yo también coleccionaba fetiches y les llamaba lo real. Bueno, no. Ni nombre ni número de documento. Salvo los míos, y la decente acotación: «y señora». Cualquier mujer pudo estar conmigo en ese hotel y con cualquiera habrían anotado lo mismo. Trate de ver las cosas como las veía ella: ese día era posible a condición de no dejar rastros en la realidad, y,
sobre todo, a condición de que yo ni siquiera los buscara. Escúcheme, por favor.
Antes le dije que ese día fue una dádiva, pero no sé si es cierto. Es muy
importante que esto lo entienda bien. ¿Cuándo cree que me enteré de que ella
había muerto? ¿Al día siguiente?, ¿una semana después? Entonces yo habría sido
dichoso unas horas y ésta sería una historia de fantasmas. Usted tal vez imagina
que ella, o algo que yo llamo ella se fue esa noche en el último tren, yo viajé
a Buenos Aires y allí, un portero o una vecina, intentaron convencerme de que
ese día no pudo suceder. No. Yo supe la verdad a media tarde y ella misma me lo
dijo. Ya habíamos estado en el Barrio de las Canaletas, ya habíamos reído y
hasta discutido, yo había prometido ser tolerante y ella ordenada, yo iba a
regalarle libros de Astronomía y mapas astrales y ella una gran pipa
dinamarquesa, y de pronto yo dije la palabra ‘cama’ y ella se quedó muy seria.
Antes pude haber notado algo, su temor cuando quise mostrarle la hermosa zona
vieja del cementerio donde vimos las lápidas irlandesas, ciertas distracciones,
que se parecían más bien a un olvido absoluto, al rozar cualquier hecho
vinculado con nuestro último día en Buenos Aires, alguna fugaz ráfaga de
tristeza al pronunciar palabras como mañana. No sé, el caso es que yo dije que
ya estaba viejo para tanta caminata y que si quería contar conmigo a la noche
debíamos, antes, encontrar una cama, y ella se puso muy seria. Dijo que sí, que
íbamos a ir a donde yo quisiera, pero que debía decirme algo. Había pensado no
hacerlo, le estaba permitido no hacerlo, pero ahora sentía que era necesario,
cualquier otra cosa sería una deslealtad. No te olvides que ésta soy yo, me
dijo, no te olvides que me llamaste y que vine, que estoy acá con vos y que
vamos a estar juntos muchas horas todavía. Pensé en otro hombre, pensé que era
capaz de matarla. No pude hablar porque me puso la mano sobre los labios. Se
reía y le brillaban mucho los ojos, y era como verla a través de la lluvia. Me
dijo que a veces yo era muy estúpido, me dijo que sabía lo que yo estaba
pensando, era muy fácil saberlo, porque los celos le ponen la cara verde a los
estúpidos. Me dijo que hay cosas que deben creerse, no entenderse. Intentar
entenderlas es peor que matarlas. Me habló del resplandor efímero de la belleza
y de su verdad. Me dijo que la perdonara por lo que iba a hacer, y me clavó las
uñas en el hueco de la mano hasta dejarme cuatro nítidas rayas de sangre, volvió
a decir que era ella, que por eso podía causar dolor y también sentirlo, que era
real, y me dijo que estaba muerta y que si en algún momento del largo atardecer
que todavía nos quedaba, si en algún minuto de la noche yo llegaba a sentir que
esto era triste, y no, como debía serlo, muy hermoso, habríamos perdido para
siempre algo que se nos había otorgado, habríamos vuelto a perder nuestro día
perdido, nuestra pequeña flor para cortar, y que no olvidara mi promesa de
llevarla a un baile con guirnaldas y patio de tierra... Lo demás, usted lo sabe.
O lo imagina. Entramos en ese hotel, subimos las escaleras con alegre y
deliberado aire furtivo, hicimos el amor. Tuvimos tiempo de jugar a los espiones
con la oreja pegada a la pared del tumultuoso cuarto vecino, resoplando y
chistándonos para no ser oídos. Ya era de noche cuando le mostré mi colegio. La
noche es la hora más propicia de esa casa, sus claustros parecen de otro siglo,
los árboles del parque se multiplican y se alargan, los patios inferiores dan
vértigo. En algún momento y en algún lugar de la noche nos perdimos. Yo sé
guiarme por las estrellas, me dijo, y dijo que aquélla debía de ser Aldebarán,
la del nombre más hermoso. Yo no le dije que Aldebarán no se ve en nuestro
cielo, yo la dejé guiarme. Después oímos la música lejana de un acordeón y nos
miramos en la oscuridad. Mi canción, gritó ella, y comenzó a silbar aquella
czarda inventada que ahora era una especie de tarantela. Me gustaría contarle lo
que vimos en el baile: era como la felicidad. Un coche destartalado nos llevó a
tumbos hasta la estación. Ahora es cuando menos debemos estar tristes, dijo.
Dios mío, necesito una moneda, dijo de pronto. Yo busqué en mis bolsillos pero
ella dijo que no; la moneda tenía que ser de ella. Buscaba en su cartera y me
dio miedo que no la encontrase. La encontró, por supuesto. Ahora yo debía
colocarla sobre la vía y recogerla cuando el tren se hubiera ido. No debería
hacer esto, me dijo, pero siempre te gustaron los fetiches. También me dijo que
debía sacarle un pasaje. Se reía de mí: Yo estoy acá, me decía, yo soy yo, no
puedo viajar sin pasaje. Me dijo que no dejara de mirar el tren hasta que
terminara de doblar la curva. Me dijo que, aunque yo no pudiera verla en la
oscuridad, ella podría verme a mí desde el vagón de cola. Me dijo que la
saludara con la mano.

1 comentario:

Negrorao dijo...

che se hace re denso si es asi d largo.... ni da para leerlo.... m van a quedar los ojos mas chinos...
Igual, vale el esfuerzo.... no mentira!!!